Existe una cierta confusión en el análisis de las intervenciones cuando las referimos a sus impactos ambientales o a sus percepciones paisajísticas, al no reconocer la diferencia sustancial que existe entre dichos conceptos. Si hablamos de «impacto ambiental» nos referenciamos principalmente a los aspectos científicos de las sostenibilidades, y otras acciones concretas sobre su incidencia en el medio ambiente, tratándose de un análisis objetivable, basado en concretos parámetros especificados en la normativa vigente.

Sin embargo, si nos referimos a la percepción visual o su relación con el «paisaje», sería importante tener en consideración otra serie de parámetros bien diferenciados de los del impacto ambiental como sería su relación con la «caracterización» del paisaje circundante, ya que son aspectos subjetivos y culturales que es necesario delimitar para concretar precisamente, sus objetividades tal como nos indica la «Convención Europea del Paisaje» (Florencia, 20 Octubre de 2.000), en donde su consideración de «paisaje» la entiende desde la percepción colectiva de la población. Y en este sentido, basándonos en sus contenidos, aparece una importante cuestión a dilucidar entre las distintas percepciones que reciben tanto los diversos colectivos (académicos o profesionales), como las percepciones que reciben otros individuos y usuarios también del paisaje (ciudadanos, diferentes asociaciones), lo cual nos obliga a definir y contrastar este conjunto de percepciones para pasar de lo meramente subjetivo o particular a lo objetivable colectivamente.

En el caso de la propuesta de la «Torre del Puerto» en Málaga, habría que tener en consideración una serie de cuestiones para caracterizar el paisaje circundante al cual referirnos, como podría ser desde la naturaleza de su calificación urbanística, reconociendo las «existencias» urbanas a las cuales se refiere (sea el conjunto de las treinta y tres torres colindantes de La Malagueta, el recinto turístico e industrial portuario, o el Centro Histórico), como también la caracterización de sus condiciones culturales (procesos históricos del desarrollo de la relación Puerto-Ciudad, sus vinculaciones urbanas y económicas), y principalmente las diferentes visualizaciones que nos producen sus conos visuales desde las distancias entre los elementos construidos sobre los que se referencian, evitando intencionadas visualizaciones que, anulando esas distancias, provocan deformar la realidad paisajística de dichas referencias.

Sirvan estas reflexiones para justificar que el pretexto de «no mirar para no ver»habría que sustituirlo por el rigor de «mirar para ver», porque el «mirar» es el principio para poder «ver» y no obviar la realidad, adoptando la cómoda postura del «no ver». Porque conociendo bien la realidad de la ciudad de Málaga por quien «no quiere ver», debería «ver» en su realidad actual ciertas claves de su importante auge turístico y económico que obvia el que no «quiere ver», y más aún cuando ese «no querer ver» se hace desde la lejana atalaya sevillana. Porque resulta sorprendente que ese «no querer ver» le haga utilizar tan graves afirmaciones referidas a la intervención de la «Torre del Puerto» en Málaga, de «apestar a maniobras especulativas, prevaricación urbana y a inconfesables provechos políticos y económicos …y aún más a unos «fondos económicos de desconocida procedencia y secretos objetivos, los políticos con aspiraciones de transcendencia histórica, medios de comunicación receptivos, funcionarios con indisimulada tendencia a vivaquear con el poder y un afanado arquitecto especializado en la planificación específica»… Es decir, que el que «no quiere ver» no deja títere con cabeza en Málaga desde su locuaz pluma.

Y uno se pregunta si ese «no querer ver» le impidió también comprobar su error al confundir que el trámite de Evaluación Ambiental Estratégica recientemente dictaminado se refería exclusivamente a la calificación medioambiental del «suelo portuario» objeto de la actuación, que además no tiene ningún tipo de protección autonómica ni europea, y que su trámite simplificado corresponde a las condiciones de dicha Evaluación y no a ningún trámite de urgencia no contemplado. Tampoco habrá tenido en consideración que posteriormente al trámite de la convocatoria del Concurso Público de la Competencia de Proyectos para la concesión del suelo portuario que convocó el Puerto de Málaga, se haya además tramitado y aprobado la Delimitación de Espacios de Usos Portuarios (DEUP), quedando aún pendiente la modificación del Plan Especial del Puerto, los informes de Puertos del Estado para acabar finalmente en el Consejo de Ministros; no sin antes tener que volver a solicitar otra Autorización Ambiental Unificada, esta vez sí para el proyecto de la «Torre del Puerto» según la GICA, y con otra nueva información pública específica para la Torre.

Teniendo en cuenta que la fecha del inicio del proceso fue en el año 2015 y que su previsible e incierto final podría ser para el año 2.020, no parece que cinco años de trámites administrativos con implicaciones de todas las administraciones del país con informaciones públicas y amplias participaciones colectivas, como no logro recordar haya habido tantas y tan abiertas para un proyecto de arquitectura en mi ciudad de Málaga, pueda provocar sospechas de «urgencias, arbitrariedades o prevaricaciones».

Finalmente, me podría preguntar con cierta ingenuidad y mucho respeto si «no mirar para no ver» se ha producido también en los casos de nuestra comunidad con la Torre Sevilla, o las dos Torres Hércules en Los Barrios; o en otras comunidades como la Torre Iberdrola en Bilbao, la Torre Agbar, las Torres del Puerto Olímpico y Hotel Vela en Barcelona, o las Torres Business en Madrid… Y es que aún entendiendo que la edificación en altura tenga sus complejidades y excepcionalidades, no deberíamos pretender dejar de considerar aspectos como los expuestos que al menos merecen ser tratados con el rigor y el conocimiento que ello exige. Porque «no querer ver» es la peor ceguera que nos puede producir.

Artículo en El Mundo Andalucía

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